Nuestro organismo es un generador de reacciones y a menudo sentimos curiosidad de por qué se producen algunas de ellas, como son los escalofríos.

Para hablar de esta sensación hay que ver diferentes contextos: El escalofrío puede ser una respuesta del cuerpo por permanecer en un ambiente frío o bien puede ser un episodio de temblores asociados a la fiebre, la palidez y a las infecciones. En ese último caso, los escalofríos son frecuentes cuando se inicia una infección.
Hay que tener en cuenta que nuestro organismo tiene unos receptores que se encargan de transmitir los estímulos procedentes del exterior al sistema nervioso. Por tanto, la sensación del frío llega a nuestro cerebro y una vez allí, hay una glándula endocrina llamada hipotálamo que se encarga de mantener nuestra estabilidad corporal y envía una respuesta al estímulo presentado.
Cuando nos llega una información de frío desde el exterior, nuestro cuerpo puede reaccionar de diversas formas y una de ellas es el escalofrío. Por tanto, el escalofrío es un mecanismo de defensa en la que los músculos se contraen de forma involuntaria a un ritmo irregular y alta frecuencia.
La “piel de gallina” también se asocia con la sensación del frío pero no tiene por qué estar ligada con la fiebre o los escalofríos.
Además de producirse por un ambiente frío, los escalofríos pueden aparecer en caso de padecer resfriados, gripe, meningitis, gastroenteritis bacteriana o viral, mononucleosis infecciosa, neumonía, faringitis o infecciones urinarias entre otras.
Generalmente, los niños son quienes tienden a sufrir muchos escalofríos ya que suelen tener fiebre más alta que los adultos. Los escalofríos predicen muchas veces la aparición de la fiebre o el incremento de la temperatura corporal central.
Los escalofríos también se pueden producir en situaciones en las que nos entra pánico o miedo, ya que conlleva una variación de la temperatura corporal.





